Historia

El Perro Pastor Garafiano ha estado ligado desde sus orígenes al pastoreo, actividad para la que muestra especial aptitud, aunque en la actualidad ha cobrado gran importancia como animal de compañía. Durante cierto tiempo, esta raza estuvo al borde de su desaparición debido al mestizaje con otras razas de perro. Los sucesivos cruces, especialmente a partir de los años 60 del siglo XX con otras razas de perros pastores, evidenciaban la necesidad de trabajar por su recuperación y selección a partir de los pocos ejemplares puros de la raza que conservaban los pastores de la isla. Para evitar esta desaparición se creó el grupo de trabajo para la recuperación del pastor garafiano, que pasaría a convertirse en la Asociación Española del Perro Pastor Garafiano, cuyo presidente de Honor es Don Antonio Manuel Díaz Rodríguez. Entre los objetivos de la asociación se encuentra la elaboración de censos, la creación de núcleos de reproducción, la participación en muestras y ferias caninas, etc. El pastor garafiano ha sido presentado tanto en las muestras de razas autóctonas que se han celebrado en Canarias, como en las exposiciones internacionales celebradas en Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria. El departamento de etnología de la facultad de veterinaria de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria ha llevado a cabo varios estudios sobre la raza, que fueron presentados en el Simpósium de razas autóctonas celebrado en Córdoba en marzo de 1992. En la actualidad, esta raza es muy abundante en la isla y el futuro parece halagüeño debido al creciente interés por estos animales, no sólo por parte de los pastores sino también de personas que buscan un animal de compañía.

Perro Histórico

A partir de la conquista de Benahoare, que pasó a llamarse San Miguel de La Palma, la llegada de pobladores europeos de la más variada procedencia haciéndose acompañar de sus animales domésticos, supuso la incorporación a la fauna insular de especies hasta entonces desconocidas en la isla, algunas de las cuales, por adaptación al medio y el transcurso del tiempo, han dado lugar a razas autóctonas perfectamente diferenciadas.
Los animales que ya existían, fueron recibiendo el aporte sanguíneo de los que iban llegando de su misma especie pero, lógicamente, del resultado de este mestizaje sólo pudieron sobrevivir y dejar descendencia los ejemplares que adquirieron con ello características que mejoraran su adaptación al medio natural y su funcionalidad. Tal ocurrió con el perro, teniendo en cuenta que su función básica fue siempre el pastoreo y que no es concebible la actividad pastoril sin su ayuda, tanto la practicada por los Auaritas como la realizada con posterioridad, la cual, hasta tiempos recientes, se mantuvo con muy pocas variaciones.
Al poblamiento europeo de La Palma contribuyeron gallegos, portugueses, mallorquines, vascos, castellanos y otras gentes de la más variada procedencia, sin olvidar la fuerte relación que se estableció con Flandes en el siglo XVI, fundamentada en el comercio del azúcar. De ahí la muy probable presencia en la isla de perros portugueses (como el «cäo da serra da estrela»), pastores vascos, careas ibéricos y posibles ancestros de los que posteriormente dieron lugar a las actuales variedades de pastor belga.
Las indicadas exigencias de adaptación y utilidad, hicieron que la mayoría de los perros llegados a la Isla se extinguieran sin más, pero no se descarta que algunos de los anteriormente citados sí pudieron aportar al perro primitivo las características que han conformado al que ha sido históricamente utilizado por los pastores como colaborador indispensable para poder recorrer con sus rebaños las costas, cumbres y barrancos de la isla y que criaban únicamente con este fin.
La selección era drástica. La precariedad de recursos con que se contaba en una sociedad pastoril sólo permitía la mera subsistencia del pastor y su familia. No era concebible en el medio en que vivían, mantener animales que no proporcionaran utilidad. Era un lujo que no se podían permitir. Se sacrificaban los sobrantes de las camadas, los que no fueran eficaces en su trabajo o cuando, por envejecimiento, enfermedad o secuelas de accidentes, ya no podían realizarlo. Por otra parte, no se hacía ninguna valoración ni concesión a la estética del animal. Los mejores eran los que mejor hacían su tarea y, por tanto, los que vivían y dejaban descendencia.
Teniendo esto en cuenta, sorprende la homogeneidad que presenta la raza, haciendo realidad el conocido aforismo «la función crea la forma»
 
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